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sábado, 11 de abril de 2009
NECROLATRÍA. Una mortalidad inmortal imposible sin los medios
“Murió Raúl Alfonsín”
La nota estaba hecha pero no había sido publicada. Era la primicia anunciada de todos los medios que esperó, horas, minutos, segundos para salir. ¿Quién la daría primero?
A los pocos minutos del deceso del ex presidente eso ya no importaba y su cara de viejo, de joven, de niño; y su voz como presidente o como miembro de la UCR retumbaban por las “cajas bobas” y las antenas de todo el país y también del mundo.
Salían a hablar su médico, su hijo y hasta su portero–amigo con el cuál había comido un asado en un barrio pobre. La figura de Alfonsín se agrandaba mientras las cámaras lo mostraban blanquecino, tieso y reducido en su féretro.
Al otro día en el Congreso caras conocidas, desconocidas y hasta ¿odiadas? besaban, tocaban y observaban sus restos.
Y mientras la imagen de su cuerpo se convertía en la pesadilla –tras largas horas de trabajo- que camarógrafos, fotógrafos y periodistas tuvieron al irse a dormir; su imagen dura llegaba en vivo y en directo y toda la República Argentina estaba pendiente de él como cuando asumió.
Ahora lo miraban en una muerte televisada, que lejos de no ser importante como suceso, estuvo casi casi bigbrotherizada.
La agenda periodística se paralizó entorno a una noticia: no hubo paro docente, dengue, ni política… Las necrologías de los periódicos lo resaltaron y su sepelio cayó un histórico feriado, pero murió Raúl Alfonsín y ninguna otra cosa importaba.
Para los medios se erigió como LA NOTICIA y a LA NOTICIA hay que explotarla, repetirla hasta que aburra. Esto señores es un negocio, y por ahora la gente no apagó la televisión ni la radio –aunque si hizo zapping entre los canales de noticias y corrió el dial para ver que decían sobre eso en la emisora de al lado- ni tampoco dejó de comprar el diario, sino al parecer todo lo contrario.
Como espectadores, ¿necesitabamos tantas visiones? ¿tantas horas de esa muerte? ¿Tanta muerte para alimentar nuestra necesidad de morbo?
De la necrofilia a la necrofagia
“La cosa está muy quieta. ¡Por favor que haya un accidente!”, dijo -irónicamente y con las manos en rezo- un editor. “Accidente en la Panamericana, dos muertos” fue la respuesta. Dios se ponía del lado del periodismo, el diablo también.
El cadáver tapado con diario y la mancha de sangre estaban ahí, al igual que los micrófonos y las cámaras arremolinadas ante el testigo y luego ante la policía buscando una fuente. Si hubiera habido “más suerte”, se habrían dispuesto en corro ante el herido agonizante que en sus 15 minutos de fama como una diva preguntaría: ¿Y esto para dónde es?
Hay muertes individuales y colectivas; famosas y serenas; históricas; violentas; premeditadas y decididas; y como ocurre en tantas otras coberturas, sus Quién, Cuántos, Cómo, Dónde y Por Qué pueden hacer a LA NOTICIA.
La primera pregunta cuando refiere a muertos es quién (es o lo mató), si no se puede responder o no es conocido se pasa a la segunda: cuántos, si eso aún no convence se requiere por el cómo, el dónde y el por qué, y si entonces la respuesta no es satisfactoria: no es noticia, es un muerto más. Así que alégrese cadáver si salió en el noticiero central -y si es que puede- porque usted o, mejor dicho su muerte, es importante para el medio y entonces para la gente.
Así, la posibilidad de ser inmediato en la comunicación de trágicos accidentes automovilísticos –con hierros retorcidos y todo- llena la pantalla, aunque sin duda no son tan atractivos como un crimen sin resolver o los pormenores de una tragedia pasional.
En las muertes de las guerras o por epidemias en países más o menso remotos y también en aquellos más o menos cercanos, el número se desdibuja y un muerto… mil muertos ya no parecen tanto, sobre todo si son del “tercer mundo”.
Extrañamente en una prensa que se alimenta gustosamente de muertos y se alegra de que haya vivos pues éstos pueden morir, los suicidios no se cubren, ya que hay una creencia de que difundirlos provoca que se multipliquen. Eso sí, si el occiso es famoso o se mató de alguna forma extraña no dejará de salir.
El morbo multiplicado
Los medios muestran la realidad, participan en ella y la vuelven a crear casi escupiéndola hacia el espectador. El suceso es uno solo pero la muerte se multiplica en imágenes, en voces, en artículos llenando el espacio mediático y del público.
“Hacer una fotografía de una figura pública sin que se lo muestre asediado por los micrófonos, grabadores o periodistas de los demás medios, es imposible y hay que sacarlo así porque los medios hoy en día son parte de esa realidad”, explicaba lúcidamente un fotógrafo del diario Clarín en un programa de C5N que retrató la cobertura de la muerte de Alfonsín. Y esa cuestión se extiende a todos los sucesos que el periodismo considera noticia, sean o no públicas las personas que estén involucradas.
Una suma de factores provoca una realidad mediatizada donde la muerte es un fetiche y, en la que, cuanto más cercano a la sociedad es el deceso más impacta. El comportamiento es terriblemente humano. Y como humano, frente a este tipo de coberturas se cometen ¿humanos? errores.
Errores explicados y argumentados por la vorágine informativa, por nervios y hasta por indiferencia por algo ante lo que está anestesiado y ya se le volvió “trabajo y cosa de todos los días”. Entonces el/la periodista, con su micrófono o grabador en mano, mira al familiar o al amigo de la víctima y dispara la que considero la pregunta más torpe del periodismo: ¿Cómo se siente?
La muerte exotizada, nos erotiza, nos anestesia y se nos vuelve algo común. La muerte nos ocupa –nos llena- pero casi que ni nos preocupa. El hombre es “un bicho de costumbres”, el periodismo también.
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