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domingo, 1 de febrero de 2009

LA OPINIÓN OBJETIVA. Por los caminos Objetividad y Opinión pasando por la Línea Editorial y en un muy largo recorrido hacia la parada Independencia


De los oxímoron y el periodismo
En unas vacaciones de verano me sorprendí al escuchar el spot institucional y publicitario del diario más antiguo y reconocido de Mar del Plata. En el mismo la voz del locutor muy seriamente exponía: “Diario La Capital. El diario de Mar del Plata, con opinión propia y objetiva”. Hace unos días haciendo zapping por los canales de noticias del cable (y de los otros, porque no sólo de periodismo se alimenta quien escribe aquí, no voy a mentirles) me encontré con un institucional del noticiero de América 24 en el que también se unían los conceptos de objetividad y opinión.
Además de intentar conseguir el maravilloso y temible periódico que tenía la fórmula para que una opinión propia se volviera objetiva (corriendo hacia él iban también todos los tiranos del mundo y sus delirios de grandeza), en el primero de los casos no pude más que sonreírme y bromear durante varios días al respecto. En el segundo empecé a preocuparme y sentí una mezcla de enojo y miedo.
Dirá el lector que mi actitud demostró un feo prejuicio que ninguneaba y daba por sentada la duda sobre la profesionalidad del diario del interior, y a la vez otorgaba mayor crédito al medio televisivo capitalino. Puede ser y lo asumo como error propio y en el que poco tiene que ver mi actual y hasta fortuita residencia en la ciudad de Buenos Aires -prepotente capital de las capitales de este país del sur-. Pero la cuestión por la que escribo en esta nota es otra, porque así enunciada la “opinión propia y objetiva” se convierte para mí en un oxímoron periodístico digno de análisis. ¿Puede una opinión ser objetiva? ¿Qué nuevo concepto trae aparejado la unión de esas dos palabras antagónicas? ¿Qué conducta periodística se desprende de ello?

Desempolvando momias y desterrando viejos faraones
En los dos casos que mencioné explícita o implícitamente a la palabra opinión se le agrega primero una característica sustancial: el ser propia, es decir se trata de la opinión particular del medio o sus periodistas (no confundir con opinión pública), y además se realza -con un dejo de marketing post noventas- la originalidad de su staff o de su estilo.
Ahora vuelvo a preguntarme: ¿Una opinión puede ser objetiva?, ¿Cómo se articula eso en el periodismo? Desde que el periodismo empezó a considerarse como un fin en sí mismo e intentó huir del corset que le imponía la vieja tradición de prensa partidaria o de tribuna, hay ciertos conceptos por los que izó banderas en pro de su profesionalización y entre ellos figuran fundamentalmente: la independencia, la libertad de prensa, el compromiso con el público y el rigor periodístico (en esta nota hablaré sobre varios de ellos).
Al comienzo de la profesionalización, la objetividad era importantísima a la hora de medir el rigor periodístico. No sólo se buscaba sacar a la luz lo oculto y revelar la verdad de los hechos, sino que para exponer ese contenido se pretendía utilizar un lenguaje y una estructura que evitara a toda costa la subjetividad. El “seco” fue su género por excelencia y el mismo puede verse más clara y frecuentemente en los contenidos que producen las agencias de noticias.
Pero un buen día alguien se percató de que por más que el periodista intentara patear lejos sus ideales y pasiones, siempre habría una cuota de subjetividad. La información sobre un suceso puede ser más o menos neutral (incluso hay reglas para ello como recurrir a varias fuentes antagónicas, chequear la información la hora de ser seleccionada con fuentes que no tengan nexos entre sí, etc) pero desde el momento en que un medio o periodista se decide a darle cabida, el suceso comienza a ser tratado de forma subjetiva. El periodista y profesor de la Universidad Nacional de La Plata Victor Ego Ducrot sostiene* que el periodismo es “objetivo y parcial”: objetivo en cuanto refiere a un suceso que se alza como una especia de objeto de estudio del periodista, y parcial porque desde el momento en que se lo pone en foco éste le agrega su subjetividad.
Dudo que la frase “opinión propia y objetiva” sea consecuente con la definición de periodismo “objetivo y parcial” de Ducrot; por eso escucharla fue como ver a dos momias caminando de la mano. ¿A quién no le daría miedo?
Como ya expuse lo de “objetiva” proviene de un concepto vetusto -o no tanto, ya que al perecer aún algunos medios y periodistas lo sostienen- pero ese aspecto aliado a una “opinión propia” trae consigo un cadáver más horroroso que de por sí aleja al medio de la profesionalización. Es que para mí un medio que logra objetivar un discurso (cosa que puede suceder) a piaccere no perdió las mañas de la “prensa de partidos”; y si yo fuera agente de prensa de un partido, un gobierno, empresa, religión, etc, en vez de consternarme lo vería como una herramienta muy útil a mis propósitos. Pero la cosa no es tan fácil y los lectores no somos tan ingenuos -¿o sí?-.
No me asusta para nada el género de opinión en un medio periodístico, de hecho me encanta que los medios muestren o presenten diferentes enfoques, perspectivas e ideas sobre un hecho y rescato la originalidad (y hasta frescura) que puede agregarle tal o cual profesional de prensa a las noticias de cada día. Un espectro de medios periodísticos sin esa variedad sería predecible, soso y estaría objetivando si o sí un discurso, pero si la opinión no sólo no viene diferenciada sino que además tiene dos características antagónicas: es “propia” y “objetiva” mi idea sobre el producto periodístico no evoca profesionalismo y en todo caso lo único que rescato es que al menos me lo estén avisando.

¿El zorro pierde el pelo pero no las mañas?
Muchos lectores podrán decirme que la prensa hizo lo mismo que el zorro y que hoy cada medio juega el partido para “su parroquia”. Esto es señalado con cierta facilidad –y un dejo de ligereza- en muchos casos, pero hay que tener en cuenta que es muy difícil de comprobar. Para exponer porqué afirmo lo anterior entran en juego la línea editorial y la independencia periodística.
La línea editorial es un conjunto de principios que le otorgan personalidad a un medio y suele ser acompañado –sobre todo en los medios más grandes- por un estatuto o conjunto de criterios marco sobre cómo sus empleados deben ejercer la práctica periodística. Dichos principios y reglas versan sobre cuestiones como la orientación filosófica-ideológica e incluyen hasta si la palabra “kilo” debe aparecer con “k” o con “q”. Eso junto con las cabezas periodísticas (o periodistas más reconocidos) que avalan con su pluma, voz o imagen al medio, es lo que le conforma su identidad y lo que hacen que el público se reconozca en él, le crea y lo elija para informarse.
Para entender el concepto de independencia periodística no hay que pretender que un medio tenga asepsia ideológica o filosófica, este es un error común que a mi entender avala la vieja concepción de la objetividad. Es muy común que el concepto de independencia aparezca asociado a otros como característica sustancial en la identidad o línea de muchísimos medios profesionales contemporáneos. En mi tesis de grado plantee que este término refiere a que el medio “no se somete a dictámenes, ni lineamientos ni acata estrategias diseñadas por grupos políticos, económicos, sociales o culturales. Y esto es así más allá de cual sea la orientación política, filosófica o ideológica del medio a la hora de analizar lo hechos y emitir opiniones”**.
En una (mala) práctica periodística y sin exponer argumentos claros que guíen su análisis (o su forma de producir la noticia) los medios pueden llegar a ser oficiosos o a sesgar a favor o en contra de ciertos partidos, ideas, religiones, etc. Así, la diferencia en tanto rigor y criterios periodísticos es esencial en lo que hace a la calidad del producto periodístico y en la demostración del respeto por el público que profesan, y eso en consecuencia está relacionado directamente con la credibilidad que logran obtener como medios.
Como decía, es muy fácil acusar a un medio como “dependiente de” pero muy difícil demostrarlo porque a salvo que se vea a un empresario mediático o periodista consultando a determinada institución para acatar su línea de acción o recibiendo una “coima” para hacerlo, no hay pruebas y el medio está en todo su derecho a avalar o denostar lo que quiera de acuerdo a su base de creencias –y yo agregaría de conveniencias empresariales-.
Aunque están muy ligadas, hay que saber que para los medios –que hacen su labor en sociedades democráticas- en general la independencia económica es más difícil de sostener y provoca más tensiones al interior de la redacción que la independencia política.

‘Independientes de los reyes de España’
A mi entender un medio que carece de línea editorial clara es un medio que no vende y por ende desaparece. Para el trabajador de prensa hacer su tarea dentro de un medio cuya línea editorial es clara genera tranquilidad y un respaldo muy importante para lograr calidad informativa. Personalmente –y aunque suene un poco mercenario- siempre he dicho que prefiero trabajar en un medio con el cual no comparta la línea filosófica o ideológicamente hablando, pero en la que ésta sea consecuente en el tiempo y clara.
Un problema actual es que muchos medios de gran trayectoria en su legítimo rol de empresas han logrado establecerse como marcas y sus líneas editoriales van y vienen, descuidando la calidad periodística, y a capricho de sus dueños. Es que la independencia periodística está de moda, se ha banalizado y convertido en slogan, el concepto no se revisa ni entiende y así como existe una máquina y una receta para hacer chorizos, hay una máquina para hacer productos periodísticos y esa máquina sabe que uno de los ingredientes infaltables para sobrevivir es proclamarse independiente.
El que los medios sean honestos en su cercanía a una línea filosófica o ideológica debería ser tan importante como el que sea independiente. Pero actualmente ese valor no cotiza en el mercado, los empresarios lo saben, lo esconden y en consecuencia el respeto por el público muchas veces se ve deteriorado. El tiempo pasa y el lector/oyente/espectador no es bobo y vacila ante el contenido que le transmiten los medios, ya no sabe qué pensar.
Hemos desestimado al público, fuimos poco claros y no estamos abiertos a debatir sobre nuestra práctica. La discusión es harto extensa y hoy -con la cantidad de medios en manos de capitales ibéricos en esta región de América y los intereses que ello genera- hasta está en duda de que podamos decir irónicamente que nuestro periodismo es ‘independiente de los reyes de España’.


*El link para encontrar el artículo en que Ducrot expone esta idea está en “Enlaces para Compartir y Debatir” de este blog.
** Es horrible citarse y por el momento prefiero cultivar un perfil bajo.

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